Thursday, December 17, 2009

La hormiga y el trabajador inmigrante


I. Las feromonas que anuncian posibilidades de trabajo
Por Mauricio Hernández
Las hormigas, a través de las feromonas, van dejando su rastro en el camino para que las demás sigan el camino más corto en la búsqueda de los alimentos. Una vez establecen los caminos para acceder al destino y han trabajado duro para abastecer a su hormiguero, abandonan la zona de abstecimiento, dejando de emitir la feromona, olor que se va diluyendo y evita que la tropa vuelva a ese lugar donde las posibilidades de trabajar y recoger frutos han terminado. De igual manera, los trabajadores inmigrantes tienen su feromona particular para anunciar a sus conocidos los lugares en donde hay posibilidades de trabajo, aunque se aventuran más en los riesgos de alejarse del hormiguero, simepre pensando en el bienestar de su familia. Primero viaja el más aventurado en busca de la confimación de los informes que le han enviado amigos o compatriotas desde el extranjero comunicándoles las remuneraciones económicas del trabajo que ofrecen en las neuvas y lejanas tierras, con muchos mejores sueldos que en las vecindades de su hormiguero natal. Alistan maletas, se cargan de sueños y de fe y viajan muchas veces con lo puesto para aguantar unos días con el convencimiento de que las feromonas que le enviaron le aseguraban trabajo rápido.

No todos los caminos son fáciles, y muchos trabajadores, al igual que los laboriosos insectos, deben sortear toda clase de inconvenientes (la mayoría de las veces agravados por la falta de documentación legaal para trabajar y residir), pero su valentía, alimentada por la necesidad y el deseo de superación, les facilita la toma de decisión y el viaje se convierte en un camino sin retorno, en una decisión inaplazable. Dejan atrás a su familia, a su mujer, y también algunas deudas que dejaron para fianciar el viaje, pero el pensamiento puesto en sus seres queridos les dan la valentía suficiente para seguir adelante.

Su osadía les lleva muchas veces a cruzar fronteras peligrosas, pero la necesidad de abastecer de alimentos (dinero) a su hormiguero (familia) les impulsa a aventurarse. El fruto de su trabajo no regresa por el mismo camino, pues en muchos casos se han alejado considerablemente de su hormiguero, y recurren a las casas de envío porque atrás dejaron un homiguero al que alimentar.


El nuevo Hormiguero. En varios países del mundo se han conformado verdaderos barrios o sectores habitados por personas que tenían también en su tierra natal la residencia cercana. Una vez un trabajador inmigrante toma posición y "posesión" de una zona, donde hay oferta de trabajo, lanza su particular feromona (antes era a través de cartas, pero ahora con internet las noticias vuelan y el mensaje llega rápido) a sus amigos o vecinos y en los próximos días las largas colas en los aeropuertos de su país y en los consulados de las naciones que reciben la emigración semejan un camino de hormigas preparadas para la aventura de buscar trabajo a zonas más abastecidas.

 En todo el mundo los colectivos de inmigrantes establecen su residencia enzonas específicas. Ejemplos concretos los podemos ver en Palisade Park (NJ, USA), donde residen los coreanos, que llegaron por la información de su gente. O en Queens (NY, USA), donde viven cerca de medio millón de colombianos, o en Patterson (NJ) donde se han concentrado los peruanos. En España, viven en la zona de Puente Tocinos (Murcia capital), más de 15.000 personas de un sólo barrio de Risaralda (Colombia). Como las hormigas, se concentran en colonias. Lo mismo sucede en Londres, en Roma, en Japon, en Sidney, en California, en Monteral, en cualquier ciudad del Mundo Occidental del Hemisferio Norte con baja natalidad en su población y un crecimiento económico constante, una democracia estable, con mayor Justicia Social.

Aunque en los dos últimos años las cosas han cambiado considerablemente por la crisis (llegan de muchas partes feromonas anunciando persecuciones, expulsiones y estigmas desalentadores), en unos dos años la necesidad de mano de obra inmigrante volverá a ser una realidad. Por ahora, en este crudo invierno de recesión y estigma, el trabajador inmigrante contianurá con ingenio bsucando el pan para su hormiguero, en una labor silenciosa y constante.

II. CAPACIDAD DE TRABAJO Y RESIGNACIÓN.


La Hormiga levanta hasta diez veces su peso.
A los trabajadores inmigrantes se les acusa en muchos países europeos de haber llegado al Contienente a quitarle el trabajo a los nativos. Aunque la acentuada y prolongada crisis económica ha cambiado un poco las cosas, hace tres años llegaban hasta las capitales europeas los gritos de socorro de los hacendados y agricultores españoles, italianos o franceses pidiendo trabajadores para recoger sus cosechas, pues de lo contrario se iban a echar perder.

Pero las exclamaciones de los agricultores sólo las escuchaban los trabajadores inmigrantes, que iban llegando poco apoco a las poblaciones alejadas de las capitales donde la base de la economía era la cosecha de verduras, frutas, hortalizas, uvas (para el vino), aceitunas (para el aceite de oliva), et, etc. y donde la población joven era historia y la mano de obra escasa.

Cuando los europeos descubrieron la capacidad de trabajo de los inmigrantes, su fortaleza, su entusiasmo, su constancia (pues los vecinos del pueblo estaban cansados a los dos días de trabajo o simplemente ganaban más en una fábrica o en una oficina de la ciudad) y, por qué no decirlo, su resignación. Si señores, su resignación porque venían de tierras lejanas, injustas, difíciles y había la oportunidad de trabajar, lo que ya les daba una gran felicidad.


En la ciudad pasaba exactamante igual, pero no eran las laborales agrícolas las necesitadas de esas manos  laboriosas y fuertes, sino la construcción que se había convertido en los países occientales en la base de la economía y requería de "laboriosas y fuertes hormigas" que construyeran altos edificios, largos puentes, profundos tuneles, amplias y extensas autopistas, hermosos hoteles, lujosas mansiones y hasta simples huecos por donde pudieran ocultarse los cables de la nueva tecnología.

En el sector de los servicios, de la noche a la mañana (un hecho que comenzó 2002 y disminuyó en 2007), los europeos vieron caras de otra tierras que ahora los atendían con mayor disposición, con más paciencia, con más simpatía. ¿Qué había pasado con la gente autóctona del pueblo, o de la ciudad, que trabajaba en el bar o en el tradicional restaurante de toda la vida? En unos casos aspiraban a mejores puestos, en otros no eran constantes, y en el mayor de la veces, rendían menos que un trabajador inmigrante.

Fue entonces cuando los dueños de los negocios decidieron trabajar con los extranjeros y terminar con la pesadilla de estar buscando con desespero trabajadores autóctonos de la región para cubrir las necesidades en esas mejores épocas de ventas y con las condiciones que les impusieran los privilegiados aspirantes.
Mientras hubo abundancia y la economía marchaba sobre ruedas, los trabajadores inmigrantes eran una bendición para el sistema y una tranquilidad para los empresarios (de los abusos y demás hablaremos en otro momento).

Y llegó la crisis, con el paro a las espaldas. Y el desespero llevó a muchos europeos a buscar trabajo incluso en los sectores duros y difíciles como la agricultura y la construcción. Y llegaron los estigmas y las pataletas. ¿Por qué? Porque los dueños se acostumbraron al duro ritmo de trabajo de los inmigrantes, se "malacostumbraron" a las largas jornadas de trabajo del extranjero sin recibir a cambio un gesto de protesta, aprendieron muchos a no reconocer los esfuerzos y buscar sólo el beneficio egoista de la producción, y un ectcetera que nos podía bajar este blog hasta profundidades no recomendadas.


"Vengo buscando trabajo, en lo que sea", dijo hace poco un joven español de la población de Murcia (España), donde hay una elevada población de campesinos ecuatorianos labrando la tierra (Más de 300.000). "Lo siento, dijo el dueño, ya estamos completos". El joven se dio la vuelta, despotricando y culpando a los inmigrantes de no conseguir ese puesto de trabajo. Entre tanto, el dueño de la finca, un murciano de pura cepa, murmuraba y decía para sus adentros, "Cómo le voy a dar empleo a este hombre (español), si lo que me va a producir en tres días me lo hace uno de mis trabajadores (inmigrantes) en sólo uno, y encima le pago menos".

Esta historia se repitió a todo lo ancho y largo de la geografía española y el gobierno local y los gobiernos regionales se vieron en la necesidad de cerrar sus fronteras y promover el "retorno voluntario". Esto sucede en prácticamente toda Europa y los ya regularizados están aguantando la crisis como pueden, en medio de los más virulentos y duros ataques de la población local, que ahora les acusan de sus males.

Pero en dos años las cosas cambiaran y los campos no tendrán de nuevo trabajdores para recoger las cosechas, y la construcción volverá a repuntar y no habrá "hormigas de acero" que trabajen con rápidez y constacia, y los restaurantes volverán a colgar los carteles de "por favor, necesitamos camareros con urgencia". Entonces los trabajadores inmigrantes volverán, silenciosos y resignados, a ocupar esos puestos de trabajo.

La hormiga levanta hasta diez veces su peso. Y el trabajador inmigrante lo que le pongan.

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